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Noviembre

Mi mamá y mi abuela están en el hospital esta noche. Sus camas están frías, el piso descalzo aún más. Se escucha el sonido de las máquinas que monitorean a otros pacientes. Se escucha a varios toser, quejarse, incluso llorar en silencio es imposible; pasos van y vienen detrás de las puertas, el eco de las ambulancias que se estacionan, voces y susurros atraviesan las paredes entre un cuarto y otro.

Mi mamá y mi abuela son mujeres fuertes pero ¿qué tanto les ha costado serlo? ¿qué han tenido que dejar atrás para “ser fuertes”? La enfermedad más grave es aquella que no se nombra, la que guardamos por años en silencio; las penas que los años acumulan en un armario invisible.

Hoy es primero de Noviembre, en unas horas llegan los muertitos, los queridos muertos que llegan presurosos a comer pan y fruta, darle unos tragos a su vaso con agua o al caballito con tequila, a fumar otra vez un cigarro y velar nuestro sueño.

Adriana, mi tía, y Rebeca, mi bisabuela, caminan por los pasillos del hospital donde ellas duermen. Este año no hay un altar esperándolas, mas una luz sostenida por la fe, las guía de vuelta a casa. Se acercan dulcemente y besan su frente, se colocan junto a ellas y les cuentan al oído las cosas maravillosas que han visto en el Largo Sueño; les recuerdan cuánto las quieren y como desenvolviendo un regalo en la palma de su mano, muestran la luz que mana de ellas. Es blanca como los alcatraces y las cunas de moisés, huele a pan dulce y café con leche; así lo sueña mi mamá. Para mi abuela, es una luz carmín, campos de rosas rojas y claveles del mismo color, huele a té de doce flores y pan con mantequilla.

Después de tanto soñar juntas y visitar viejos recuerdos, el cielo nocturno se despide para que el azul de amanecer abra su manto sobre la tierra. Es hora de irse.

Colman de besos sus manos y dejando otro en la mejilla se despiden.

La luna se hace cada vez más pequeña y se pierde a lo lejos entre las nubes rosadas. Mi abuela y mi madre han pasado una buena noche, informan los doctores.

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Post mortem

I

Después de que los ojos callan, viene el golpe de la ausencia y abre el vacío un poco más.

En sueños me encuentro con Abi, la reconozco en su mirada de niña y jugamos juntas por debajo de las sábanas. Nos da miedo la oscuridad fuera de esta, pero Abi tiene una linterna mágica con la cual hacemos sombras y reímos de los fantasmas que nos contemplan.

Yo sé que después de la Tierra, la vida continúa en los sueños.

El sabor de la sal en mis labios me despierta a media noche. Mirando al techo, pienso en los eternos funerales que se llevan acabo dentro mí sin descanso. La perra muerte, la maldita muerte, ¿por qué tienes que ganar siempre?

Después de la vida conciente, hay una eterna soledad, una pecera de sueños y recuerdos que se manda a sí misma, flotando en el vasto campo del tiempo y el espacio.

II

El laberinto más peligroso es el del pasado. Guardado bajo cientos de llaves, respira en las profundidades de cada mente.

Abi me enseñó a llegar allí más de una vez.

– Cierra los ojos y recuerda.

El viaje comenzaba entre tinieblas. Rostros y palabras se mezclaban entre sí, momentos e instantes pasaban fugaces detonando nuestro bien más preciado: la memoria.

En ella había luces de todas clases, las de color amarillo girasol eran de un hermoso día soleado con flores de jacaranda cayendo en los patios de Ciudad Universitaria; y las de color turquesa, una colección de amaneceres junto a cuerpos amados. La belleza que se rememora es un cuerpo celeste que ilumina los oscuros túneles de la vida.

Sin embargo, navegar en las aguas del pasado puede ser un viaje ambivalente donde no se tiene claro a qué puerto llegarás.

– Déjate llevar, dime qué ves.

Ojalá también tuviera a alguien que me guiara a través de mis sueños.

III

¿Dónde estarán vagando los recuerdos de Abi? ¿En qué constelación estarán brillando?

¿Qué recuerdos sobrevivirán a mi muerte? ¿Cuáles morirán conmigo y quienes perecerán con ellos?

Preguntas que nadie puede responder ahora, junto con un vacío que se abre un poco más.

La espera retórica de la muerte no es más que empezar a marchitarse antes de tiempo. Ésta clase de preguntas es lo que menos importa. Si tan sólo aceptaramos la soledad que cargamos desde el nacimiento, que todo debe perecer y nada puede ser salvado.

El olvido marca la hora exacta en que abandonaré este cuerpo y todas sus historias. El sabio olvido, el que nunca fue bien recibido, siempre creímos que era el gemelo malvado de la historia; es tan necesario ahora, indispensable me atrevería a decir; porque uno debe olvidarse a sí mismo si desea volver del sueño. No todos lo quieren así, depende de una última decisión: atravesar una puerta u otra.

Sería pertinente olvidar y comenzar de nuevo, pero una voz familiar me susurra que la puerta de los sueños conduce no sólo a un lugar, me cuenta de sus espejos y portales que usaría sin restricciones, me tienta con relatos que alguna vez soñé vivir. “Jamás te irías” dice la voz. La tentación de la vida perpetua es muy grande para resistirse a ella.

La puerta de mi habitación se separa en dos pequeñas puertas con cortinas rojas. Siento mi respiración acelerada y sin temor, camino a través de una de ellas.
Ahora sé que Abi eligió la misma que yo.

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La noche de los cuentos

Era una cálida noche de primavera, yo media vestida, media desnuda, me dispuse a echarle un ojo a mis antologías de cuento que tenía guardadas. Después de leer al azar por lo menos tres, ninguno realmente me emocionó. “Al menos tienen que acelerarme el pulso”,  dije, si no, mi tiempo fue en vano. Él, con ojos a medio cerrar, observaba la pantalla que tenía enfrente.

Por fin, al terminar la cuarta lectura, me sentí complacida al encontrar algo digno. Suspirando con alivio, le hablé de cuánto me gustaban los buenos narradores: individuos capaces de volver a un instante, abrirlo de nuevo; hacer uno, dos o tres puentes, no sólo del presente y pasado, la infancia y la vejez, o la vida y la muerte. Los buenos narradores son como los gusanos tejedores de la seda más fina, la más difícil de encontrar y la más preciada.

Lentamente y sin más que añadir, exhaló un “Voy a dormir”. Lentamente y sin más que hacer, me levanté de la cama y salí al sillón con unas inmensas ganas de escribir. Volví para darle un beso sordo en la mejilla y apagué la luz.

Es claro que no comparte mi entusiasmo, o tal vez lo hace de otra manera: oculta en un par de sílabas, o en los besos entre sueños del hombre que dice amarme. Yo, quien siempre entreteje historias fantásticas en la cabeza, donde suceden hechos inesperados cuyos motivos son de una naturaleza compleja y profunda; él, el hombre que está recostado en la cama, más simple, menos complicado, repite en su cabeza antes de dormir, la agenda del día siguiente.

Aquí los días son meses, y los meses, años. La mayoría transcurren sin sobresaltos, sin más preocupaciones de las que yo misma me invento. Temo que mi vida antes de mudarme era, o al menos me agrada pensarla así, más compleja y profunda, como la trama de los cuentos que tanto disfruto. Ahora, me doy cuenta que los personajes también cambiaron de residencia, algunos más murieron, y otros, están en el olvido. Ahora, puedo contar con una mano los que siguen a mi lado. ¿Sobre qué escribe uno, si no es gracias a la fábrica que llevamos dentro?  Los obreros sin descanso y las máquinas que nunca dan marcha atrás, calderas que queman los recuerdos de noche y de día.

         Es probable que nunca nadie entienda el funcionamiento, es probable que nunca termine de escribir mi propio manual de instrucciones. Sólo imaginen llevar colgando un par de etiquetas por fuera, una peculiar carta de presentación: “Cepille su pelaje cada luna llena. Se pone nervioso en los mercados, pero se alegra con el olor de madera recién cortada. Se baña poco pero muy bien. No apto para climas fríos. Es peligroso que ande descalzo, véase el apartado de accidentes con clavos.” O uno más directo “Es de mecha corta, mida sus palabras.” Me gustaría leer uno que comenzara así “Señorita de un lirismo acústico empedernido, obstinada como político en campaña. Con un poco de café por las mañanas, hará de su vida un mar de aventuras bíblicas.” Sin duda, la mía tendría que decir “Cuidado” con letras grandes, “Frágil pieza de relojería femenina. Debe darle cuerda todos los días sin falta, promesas sin cumplir oxidan su mecanismo. La ironía no es su fuerte. En días nublados, tome un paño y limpie suavemente.”

Él, plácidamente dormido, seguro sueña con un monito de frack que maneja un auto fórmula uno a toda velocidad, él, en las gradas del estadio, es el ser más feliz de la tierra del chocolate. Mientras yo, sueño que mi hermana muere y lloro porque aunque no sea cierto, ahora sé lo que sentiré, y me asusto y lo abrazo desesperada por sentir su calor, por confirmar que todavía no llega ese momento.

Sin duda, nuestras piezas no encajan. Somos peces de diferente acuario que saltamos de vez en cuando a la pecera ajena a pasar el rato. Somos en este mundo, el mundo de Alicia, la película atípica y el raro y único espectador, que ríe de lo lindo con ella.

Me pregunto si es hora pertinente para seguir escribiendo. Esta es la última vuelta del minutero.